Notas de un escritor
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Desde un lugar en construcción: mi corazón

En el año nuevo chino leo a Cortázar y escucho un poco de jazz. Ahora mismo suena “It Never Entered My Mind” de Miles Davis. Las cosas que siento comienzan a ser bastante más cálidas que los días anteriores. Y no significa que esté olvidando, mas bien que sigo recordando pero sin tanto dolor.

Estar en la Casa de la Literatura es algo que me entretiene y, por qué no decirlo, me salva. Poder estar aquí por un buen rato, mientras afuera el mundo sigue su curso es algo que me parece realmente adecuado dadas las circunstancias en las que se encuentran mi corazón y también mi alma.

Si en mi corazón pudiera ponerse un letrero, sería el siguiente: “Cerrado por mantenimiento. Lamentamos las molestias causadas a los transeúntes. Sugerimos tomar rutas alternas y otras precauciones”.

Puede parecer graciosa esa imagen pero, de alguna manera u otra, es la verdad.

Y mientras mi corazón y alma se encuentran en reparación no puedo evitar notar la forma en la que escribía Cortázar. ¡Qué manera tan dulce y serena de escribir sus cartas! En ellas uno aprende a esperar. ¿A esperar qué cosa? te preguntas, pues a simplemente esperar a que las cosas pasen, a que la lluvia deje de caer, el viento deje de soplar, el corazón deje de doler y la ausencia deje de lastimar. Haruki Murakami lo dijo de una mejor manera: “El dolor es inevitable, sufrir es opcional”. Así que eso es.

Leyendo las cartas de Cortázar a sus amigos, editores, familiares y amores, voy adquiriendo una especie de noción sobre qué hacer. Después de todo, la vida es una sola y si las cosas suceden de un modo determinado es porque quizás no había otro modo de que sucedieran. Así que no me queda más que seguir adelante, llevarme la mano al pecho cuando el dolor vuelve y secarme las lágrimas cuando la tristeza llega.

Y a pesar de todo eso, siempre escribir.

Será escribiendo en donde mi corazón y alma terminarán su reconstrucción y estarán nuevamente abiertos al público. Hasta que alguien decida recorrerlo a pie y no en auto, porque habrá descubierto los paisajes hermosos que oculta y el cielo estrellado de sus noches.

Mientras escribo esto, he salido un par de veces por un café y un cigarro, porque así se piensa mejor y la brisa del viento que hace en este lugar lo hace a uno pensar aunque no quiera. A la Caslit se viene a estar bien. Mientras escribo esto, a unos dos asientos más a mi derecha, se sienta una señora de pelo gris y corto, como el que tenía mi abuela. Tiene dos lentes, uno para leer y el otro para caminar. Ahora mismo se encuentra leyendo y anotando frases y diálogos en una pequeña libreta.

Está leyendo los cuentos de Julio Ramón Ribeyro; y yo, las cartas de Julio Cortázar. Así que aquí tienen otra excusa para quienes no creen en las coincidencias. Somos dos personas distintas leyendo a Julios diferentes. Ambos estamos escribiendo y, estoy seguro de esto, ambos estamos bien acá. Lejos del mundo.

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