Hace poco vi un documental sobre el Ensamble de La Ruta de la Seda, un grupo de música liderado por el chelista Yo-Yo Ma. En ese documental entrevistaban a algunas de las personas que conformaban el Ensamble, eran personas de distintos países, con culturas distintas e idiomas distintos. Cada uno de ellos escapaba de algo y buscaba algo que solo la música les podía dar. Entre esas personas, estaba un sirio, Kinan Azmeh, quien había dejado Damasco para poder tener una mejor vida en otro lado. Hay un momento en donde Kinan se hace las siguientes preguntas: “…¿Cuál es mi hogar? ¿Es donde están los amigos? ¿Es donde está la familia? ¿Es el lugar donde uno creció o  donde uno quiere morir? Tengo todas esas preguntas…”

Y la verdad es que yo me hice las mismas preguntas  cuando bajé del avión y vi que estaba en Iquitos después de mucho tiempo. Salimos del aeropuerto y me encontré con personas que no veía hace años. Seguían iguales, quizás un poco cambiadas físicamente por el paso de los años, pero la esencia de cada uno de ellos se mantenía tal y como recordaba. A pesar del paso del tiempo, el espíritu sigue siendo el mismo, lo único que envejece es el cuerpo, ese envase que guarda todo lo que somos.

Entonces, me pregunté si esta ciudad que había dejado a los quince años seguía siendo mi hogar…

Caminar por las calles de Iquitos después de mucho tiempo fue una experiencia enriquecedora, mucho más sabiendo que era la primera vez que Stephanie caminaba por las mismas calles que yo había caminado de pequeño. Me gustaba ver sus reacciones y todo lo que opinaba de la ciudad. Descubrí que toda ciudad tiene una identidad y por más años que pasen, esa identidad nunca cambiará, a menos que sus habitantes cambien. Pero en Iquitos nada de eso ha cambiado. La gente sigue siendo feliz y amable, la ciudad sigue siendo calurosa y grande. La selva sigue siendo inmensa e imponente. Los ríos siguen siendo la fuente de toda esa identidad que siempre han sido.

Seguía caminando y escuchando el sonido de las motos que pasaban, cuando me volví a preguntar si este era mi hogar o si acaso lo era Lima. Entonces, vi a Stephanie por un momento, vi a mi madre y a mi hermano, recordé los libros que tenía en la capital y pensé que quizás mi hogar era donde mi corazón se sintiera a gusto. Y por un momento, en medio de las calles de Iquitos, estuve en mi hogar. Esa era mi respuesta, mi hogar es el lugar en donde a mi corazón nada le pesa, nada le sobra, nada le resta, en donde soy yo y puedo estar en paz.

Por supuesto, en esa misma entrevista, Kinan se responde a sus preguntas: “…Y ahora, me doy cuenta de que mi hogar es el lugar donde uno siente que quiere aportar algo sin tener que justificarlo”. Tiene sentido tener esa respuesta para alguien como él, es un músico sirio que dejó su país en busca de oportunidades y ahora regresa de vez en cuando para enseñar un poco de música a los miles de niños refugiados. Las realidades son distintas para cada persona.

Iquitos está tan dentro de mí como lo está dentro de lo que escribo. Después de todo, fue en esa pequeña isla en donde comencé a leer las historias de otros mundos y de otra gente. La isla fue mi hogar y lo seguirá siendo, porque eso es lo que tienen en común los lugares en donde uno ha nacido,  siempre nos están esperando, para recibirnos con los brazos abiertos y listos para ayudarnos a descansar, como todo hogar.

 

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