― ¿Por qué no me has besado todavía? ―Preguntó Alejandra, tirando al suelo todo lo que le habían dicho sus amigas sobre el hecho de esperar a que Anastasia diera el primer paso.

―Porque le temo a las alturas ―respondió Anastasia, mirando hacia abajo, hacia el abismo que tenían delante de ellas.

Alejandra se llevó las manos a la boca y comenzó a reír.

― ¿Y por qué me lo dices ahora? Cuando estamos sentadas en esta ¡CORNISA! ―El eco de su voz le respondió lo mismo una y otra vez hasta que se perdió.

―Por dios, no grites. Me da miedo. ―Anastasia se aferró al brazo de Alejandra.

Delante de ellas tenían todo el valle, rodeado de montañas cuyas cimas estaban cubiertas de hielo y nubes. Era una vista hermosa y totalmente fantástica, cubierta de un cielo estrellado y una luna enorme que brillaba para ellas.

―No te lo dije, porque quería saber qué se sentía estar al borde de una cornisa y ver el mundo a tus pies. ―Dijo Anastasia, mirando sus piernas colgar.

―Eres muy linda. Gracias por tomarte tremenda molestia ―dijo Alejandra, dándole un pequeño beso en la cabeza.

―La luna se ve muy linda ―Anastasia se acomodó el cabello, lo tenía de color turquesa―, me gusta cómo brilla entre las nubes e ilumina todo el valle ―apuntó con un dedo.

―Sí, tienes razón, es muy bonita. ―Alejandra sacó un pequeño libro y se puso a leer.

Anastasia vio lo que hacía y guardó silencio, sabía que eso le gustaba. Era su sueño de toda la vida, el de estar sentada al borde de una cornisa, con todo el paisaje a sus pies, leyendo uno de sus libros favoritos.

―Puedes hablarme si quieres ―dijo Alejandra, sin apartar la mirada del libro, con una sonrisa en su rostro.

― ¿Sigues esperando tu beso?

― ¿Tú qué crees? ―Alejandra bajó el libro y miró a Anastasia.

Ambas se miraron por un momento, dejándose deleitar por la belleza de cada una y sintiendo cómo ese algo de la persona delante de ellas, las capturaba aún más. Alejandra observaba el cabello turquesa de Anastasia y los pequeños hoyuelos que se formaban en la comisura de sus labios cuando sonreía. Anastasia, por su parte, observaba los ojos de Alejandra y sus pequeñas pecas que se esparcían por su rostro.

―Yo creo que… ―se acercó muy despacio hacia Alejandra, sin apartar la mirada de sus ojos―…deberíamos besarnos más seguido. ―Le dio un tierno beso en los labios. Se miraron por un segundo y se volvieron a besar, una y otra vez, muy despacio y con ternura.

Anastasia se quedó mirando a Alejandra, mirando sus pecas que tanto le gustaban. Y mirándola tan de cerca, entendió lo que las estrellas eran para el cielo de la noche, estaban para hacerlo ver más hermoso. Al igual que las pecas en el rostro de Alejandra.

―Ha sido el beso más lindo que me han dado en la vida ―susurró Alejandra, sonriendo.

―No me molestaría tratar de superar ese beso todos los días ―Anastasia recogió su cabello.

El viento soplaba de manera ligera, haciendo que los cabellos de ambas bailaran y se mezclaran, cayendo en sus rostros. Se tomaron de la mano y sonrieron una sonrisa tímida. Anastasia ya no tenía miedo, se sentía segura con Alejandra.

― ¿Cómo se lo vamos a decir a nuestros amigos? ―Preguntó Alejandra, mirando hacia el valle.

― ¿Sabes? Siempre he creído que nuestros amigos ya lo sabían.

― ¿En serio?

―Sí ―Anastasia reía. Apartaba su cabello de su rostro a cada rato―. Además, ¿qué nos podrían decir? Les guste o no, tendrán que celebrar lo que nosotros estamos celebrando aquí.

Anastasia levantó su mano junto con la de Alejandra.

―Nuestras celebraciones ―Alejandra sonrió―. ¡Me gusta! ¡Por dios, has hecho que me emocione!

Ambas rieron y juntaron sus cabezas. Miraban el paisaje nocturno y sentían el viento. Por dentro, ambas sentían que un fuego ardía muy fuerte, sentían explotar miles de fuegos artificiales. Estaban enamoradas y, estar en una cornisa, bajo un cielo estrellado, mirando lo maravilloso que podía llegar a ser el mundo y la vida, era algo asombroso.

― ¿Sabes en qué estaba pensando? ―Dijo Anastasia, al cabo de un rato.

― ¿En qué cosa?

―En que nunca me había sentido tan bien conmigo misma como lo estoy ahora.

― ¿En serio? ―Alejandra la miró―. Yo también estaba pensando en lo mismo.

Anastasia rio.

― ¿De verdad?

―Lo juro ―Alejandra levantó la mano derecha, jurando lo que decía.

Anastasia se echó, miró hacia el cielo y trató de contar las estrellas.

―Me gusta mi vida ahora mismo, Ale ―dijo Anastasia, luego de un rato.

―A mí también me gusta la mía ―Alejandra se echó al costado de Anastasia―. Y si pudiera repetir este momento para siempre, lo haría sin pensarlo dos veces.

― ¿En serio? ―Anastasia volteó para ver a Alejandra.

―En serio.

―Pero si haces eso, ya no podremos ir al valle y hacer el amor.

― ¡Ay! ―Alejandra se llevó las manos a la cara.

Anastasia la abrazó y ambas comenzaron a reír nuevamente.

―Está bien. Entonces, retiro lo que dije. Si pudiera hacer que TODA esta noche se repita para siempre, lo haría ―Alejandra estaba ruborizada.

―Oye, aún bajo la luz de la luna puedo ver cómo te sonrojas ―Anastasia comenzó a acariciar el rostro de Alejandra.

El viento soplaba suavemente, acariciaba las montañas, los árboles y a las chicas. Las aves nocturnas cantaban sus cánticos. La luna y las estrellas seguían brillando en todo su esplendor. Era como si la naturaleza estuviera bendiciendo el amor de Anastasia y Alejandra. Ellas se miraron una vez más y volvieron a besarse.

―Tengo hambre ―dijo Anastasia, luego de un rato.

―Yo también.

Se volvieron a sentar. Las luces de las cabañas que había en el valle estaban encendidas. Se podía apreciar el humo que salía por sus chimeneas.

―Ya debe de estar la cena ―dijo Anastasia, amarrándose el cabello.

Alejandra la observaba hacer eso y se perdía en el color turquesa de su cabello y en la forma que brillaba bajo la luz de la luna. Su novia era hermosa y fantástica. En su pecho sentía cómo el pequeño fuego de hace un momento se convertía en un incendio enorme que quemaba su alma. Se sentía caer más y más por la persona que tenía delante de ella.

―Te quiero ―dijo.

Anastasia la miró.

― ¿Qué cosa dijiste? ―Preguntó, terminándose de amarrar el moño del cabello.

―Que te quiero, Anastasia ―Alejandra tenía una gran sonrisa en el rostro.

―Yo también te quiero, Ale ―Anastasia le tendió su mano―. Vámonos ya. Es hora de comer.

Alejandra le tomó de la mano y juntas se alejaron de la cornisa hasta encontrar el sendero que las llevaba hasta el valle. Era una noche cálida y llena de cosas hermosas. La luna y las estrellas decoraban el cielo, mientras que en la tierra, Alejandra y Anastasia lo decoraban con su amor.

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