Está este café, el cual visito todas las noches cuando salgo de trabajar. Soy un “Acomodador”, sí, es así como nos llaman. Nuestro trabajo es “acomodar” los productos de los supermercados. Nuestra misión consiste en poner los embutidos en la sección de embutidos, las gaseosas en la sección de gaseosas (que está al costado de la sección de agua embotellada), las toallas higiénicas en la sección de higiene personal, y así. Eso es lo que hacemos. No es un gran trabajo que digamos, pero me da el dinero suficiente para sobrevivir. Lo vengo haciendo desde hace unos meses, y el dinero me alcanza para comer algo bueno y comprar libros.

Siempre entramos a trabajar a partir de las once y media de la noche, una hora y media después de que cerrar el supermercado. Siempre nos reunimos en la esquina del local, ahí nos aglomeramos y vemos las caras. Al ser un trabajo nocturno, las personas van rotando. Por lo cual siempre hay caras nuevas. Menos yo. Para todos los demás, soy “el viejo” del grupo, ya que he permanecido más tiempo que cualquiera. Me gusta “acomodar”, ¿qué más puedo decir? Es dinero fácil y además me relaja de las demás cosas de las que tengo que preocuparme.

Entonces, está este café al cual voy después de haber terminado de “acomodar”. Siempre salgo entre la una y dos de la mañana, me siento en la mesa de siempre y ordeno lo mismo desde la primera vez que entré a ese lugar. Siempre pido café, porque no le veo sentido el dormir a esa hora. Mis horarios son distintos al del resto de las personas. Para mí el día comienza a las cinco de la tarde y no se detiene hasta que vea los primeros rayos de sol. Esa es mi rutina, todas las noches me siento a tomar un café, comer alguna empanada, leer algún libro y esperar a que la mañana llegue.

Pero claro, hay algo más, una razón mucho más grande que hace que me quede sentado todas las noches después de trabajar: La chica que atiende en el café. No sé su nombre pero es muy simpática y tiene una sonrisa tranquila, como si nada más existiera en este mundo. Ella siempre está detrás de la barra, junto a su jefa-dueña-del-bar, una señora muy carismática, preparando y sirviendo la comida a las personas que visitan la cafetería a esas horas de la noche. Es la única cafetería en la zona que está abierta las veinticuatro horas del día. Y el único lugar público donde está permitido fumar sin que nadie finja un acceso de tos para hacerte notar que tu humo le jode.

Siempre, todas las noches, desde que conseguí el trabajo en el supermercado de enfrente, entro a la cafetería, pido café y enciendo mi cigarro, esperando al amanecer. Cuando la vi, y me refiero a la primera vez en que la vi, fue también la primera vez que entré a la cafetería. Había ido a trabajar sin haber descansado ni cenado. Moría de sueño y mi estómago hacía sonidos extraños. Estaba rendido. Cuando me senté en una de las mesas que estaban libres, fue ella quien me vio y se acercó a limpiar la mesa y a saludarme. La primera vez que la vi, en ese exacto momento, me quedé mudo. Su cabello, en ese entonces, rubio, amarrado en una cola de caballo, su piel blanca contrastaba con el uniforme de color amarillo oscuro que llevaba y los distintos brazaletes que tenía en su muñeca.

― ¿Qué pedirás? ―Me preguntó.

Yo desperté. Había estado concentrado en ella.

―Un café ―dije― solo un café.

Instintivamente saqué mi cajetilla de cigarros, pero la guardé al recordar que estaba en un lugar público y no se permitía fumar.

―Aquí puedes fumar todo lo que quieras ―me dijo, con una sonrisa amable―. La dueña fuma como el demonio y la única manera de que ella siga fumando es dejando que los comensales también fumen ―Dijo.

―Muchas gracias ―fue lo único que pude decir.

Yo encendí mi cigarro y ella regresó a los pocos minutos con una jarra cafetera llena y una taza pequeña. Le agradecí, ella sonrió y yo me volví a perder mientras la miraba. Sin saber la razón yo continué viniendo a la cafetería cada noche. No solo para verla a ella, sino también para estar tranquilo, solo, tomando café, leyendo algún libro y fumando un cigarro. Son esas, las cosas más simples, que hace que uno se sienta tranquilo. Sin más ni menos, simplemente tranquilo, en paz, uno mismo. El verla a ella era el complemento ideal con el que terminaba mis noches.

Ahora estoy sentado en la barra de la cafetería. No sé por qué, pero tengo esta necesidad de hablar con ella. Ella está a unos pasos de mí, preparando el café que le pedí. A mi costado hay dos tipos más, uno de ellos está comiendo arroz con huevos revueltos, el otro anda tomando un café con leche mientras lee el periódico de ayer. Yo estoy a un lado, fumando, con ojeras y con el pelo un poco largo. Estoy mirándola. Ella termina de preparar el café que le pedí y me trae la jarra cafetera, junto a la taza pequeña de siempre.

Ahora su cabello es de otro color, es de un marrón oscuro. Tiene un corte cerquillo y un par de mechones caen al costado de sus orejas. Su sonrisa cálida sigue ahí.

―Aquí está tu pedido ―me dice, sin quitar la sonrisa de su rostro.

―Huele perfecto ―le digo, dejando que el aroma del café que sirve en mi taza llegue a mi nariz. Sostengo el cigarro con la mano derecha, mientras cojo la taza con la mano izquierda.

― ¿Pedirás algo para comer? ―Pregunta, dejando la jarra cafetera al costado de la taza servida.

―Todavía ―respondo. Sonrío un poco―. Quiero disfrutar del café con el cigarro ―le digo.

Ella se apoya en la barra, mira a los señores de mi costado, ambos ocupados en sus cosas, luego mira hacia la puerta de la cocina, las cuales están cerradas. Finalmente me mira y dice:

―Hace mucho que no fumo, ¿te importa si me invitas un poco?

Me quedo mirándola, procesando lo que me acaba de decir.

―Sí, por supuesto ―digo finalmente.

Busco mi cajetilla en el bolsillo de la camisa.

―Oh, no quiero un cigarro nuevo ―dice, sujetando mi mano para que no saque la cajetilla―. Solo quiero darle una pitada ―dice.

Le entrego mi cigarro a medio acabar y ella lo sostiene con delicadeza. Y, con un estilo que solo alguien que ha fumado mucho tiene, da una calada al cigarro. De manera tranquila. Retiene el humo en sus pulmones por un momento y, tras cerrar los ojos y sentir quizás el placer de fumar después de mucho tiempo, exhala el humo lentamente. Yo me quedo una vez más perdido en ella y la escena que ofrece.

―Aquí tienes. Muchas gracias ―dice.

Yo recibo el cigarro.

― ¿Cómo te llamas? ―Le pregunto, dándole una calada al cigarro. Trato de ignorar el sabor dulce del labial pegado en la parte del filtro.

Ella me mira y sonríe tímidamente.

―Amanda ―responde.

―Mucho gusto, Amanda, yo me llamo Francis ―le estrecho mi mano, mientras tengo el cigarro en los labios. Siempre me ha gustado hablar con el cigarro en los labios.

―Mucho gusto ―responde ella, devolviéndome el saludo, sin dejar de sonreír.

Son las dos de la mañana, apenas hay dos personas en una mesa al fondo de la cafetería. Y el señor que estaba leyendo el periódico acaba de irse, dejando una pequeña propina en la mesa. Amanda lo recoge y se lo guarda en el bolsillo del delantal. Recoge la taza vacía y lo lleva a la cocina. La puerta se abre y puedo ver a la dueña dormir en una mecedora. Me causa gracia ver aquello, pero entiendo que es un lunes por la madrugada, el día en el que no hay tantas personas. Tampoco hay nada que cocinar por el momento. Así que está bien que descanse, después de todo este es su negocio, ella puede hacer lo que sea. Amanda sale de la cocina, tiene el rostro mojado y luce más radiante que hace un rato.

Yo estoy disfrutando del café y las últimas caladas del cigarro.

― ¿Cómo es que vienes todas las noches a esta hora? ―Pregunta Amanda, parándose delante de mí, del otro lado de la barra.

―Trabajo de acomodador en el supermercado de al frente ―le digo.

― ¿Ah sí? Yo tenía un amigo que trabajaba de eso. Solo que no duró mucho tiempo, decía que era un trabajo muy cansado.

―Y lo es ―digo, mientras tomo un sorbo del café―. Realmente lo es.

― ¿Cómo es que tú sigues ahí? ―Su mirada es tímida, evita el contacto visual. A pesar de haberme pedido mi cigarro, ella aún es tímida.

―No estoy del todo seguro ―digo―, pero lo más probable es por la paga que es decente y el hecho de que me da tiempo para hacer cualquier otra cosa.

―Suena convincente ―dice Amanda―. ¿Quieres que te sirva más café?

―Sí, bueno.

Ella coge la jarra cafetera y vierte café en mi taza vacía.

―Describe el “hacer cualquier otra cosa” ―me dice Amanda, sin apartar su mirada de la taza. Sonrío y confirmo que su actitud es un poco tímida, sin embargo sus preguntas son sueltas, directas. Ese contraste me gusta.

―Bueno ―me acomodo en la silla―, ahora mismo no sé qué es lo que quiero con mi vida. No sé qué hacer realmente. Por eso, alguna tarde mientras estaba echado en mi cama, mirando el techo de mi habitación, pensé en conseguir un trabajo no tan exigente que me permita sobrevivir económicamente, mientras ando intentando vivir. Aparte de eso, me dedico a leer libros. No lo sé exactamente, pero creo que llegará un momento en el que encuentre algún libro y diga “Aquí está, aquí es donde comienzo a vivir”. ―Digo y tomo un poco de café.

Por un momento me dio miedo que mi palabrería haya echado a perder el interés inicial de Amanda. Por un momento tuve miedo de que me ignorara por completo pensando que soy solamente cualquier tipo dramático. Pero lo que percibo en su mirada no es rechazo, lo que veo es que ella se encuentra sonriendo, de una manera tímida pero sonríe.

―Me alegra mucho todo lo que acabas de decirme ―dice Amanda.

― ¿Cómo así? ―Quiero saber.

―Porque me has hecho dar cuenta que no soy la única perdida ―me dice. Su voz va cobrando fuerza y claridad―. Siempre he pensado que soy la única que no tiene idea de qué cosa hacer en este mundo. Al igual que tú, yo también decidí buscar un trabajo que me diera tiempo para hacer lo que quisiera ―ella sonríe con más soltura ahora. Sigue apoyada en la barra y yo tomo sorbos de café―. Yo soy artista y por las mañanas me dedico a pintar. Tú sabes, en lienzos y esas cosas.

Yo la observo y trato de pensar en algo más hermoso que ella intentando con todas sus fuerzas expresarse, y no lo hay. Ella, con toda su timidez, es perfecta. Esto es nuevo, pero creo que Amanda comienza a gustarme.

―Bueno, no eres la única, Amanda ―le digo ―. Muchas más personas de las que imaginas no saben qué hacer con sus vidas, y eso está bien.

Amanda me mira y sonríe un poquito más.

El señor que había estado comiendo el arroz con huevos revueltos despierta sobresaltado, asiente, deja el dinero en la mesa y se va, no sin antes despedirse de nosotros. Ahora hay solo dos tipos conversando en la mesa del fondo. Son los mismos de hace un rato.

Veo cómo Amanda limpia la barra y lleva los platos sucios a la cocina. Antes de que la puerta se cierre veo a la dueña en la mecedora, sigue durmiendo de manera plácida. Consulto el reloj en la pared y son las tres y media de la mañana. Veo el café de mi taza y está frío. A esta hora el estómago me suena de miles de maneras. Pero no quiero pedir nada, no quiero que la jefa de Amanda se despierte. Amanda sale de la cocina y se para delante de mí para seguir conversando.

―Me hubiera gustado que me dijeras todo esto hace un año ―dice Amanda, acariciándose el brazo.

― ¿Por qué lo dices? ―Pregunto.

―Por muchas cosas ―dice, encogiéndose de hombros―, nadie nunca nos dice que el mundo es realmente cruel y que cada uno está solo en esto.

Yo la observo por un momento. En su rostro puedo ver una infinita preocupación, en sus ojos hay miedo, como si algo le aterrara.

―Sí, tienes razón ―digo finalmente―. A veces pienso que las mejores cosas les ocurren solamente a las buenas personas.

―Eso es cierto ―me dice Amanda, apoyando sus brazos en la barra―. Bueno, mi mundo ha sido cruel. Yo vivo en este mundo violento, es obvio que no soy una buena persona. Soy de las peores, de las que se dan por vencidas ―. En los ojos de Amanda veo lágrimas. Yo pongo mi mano sobre la suya que está cerrada, hecha un puño.

― ¿Por qué lo dices? ―Pregunto, mirándola.

Ella me devuelve la mirada, es la primera vez en la noche que me devuelve la mirada.

―Porque en algún momento me di por vencida. ―Amanda extiende su brazo hacia mí y lo voltea, con la palma de su mano hacia arriba. Se quita los distintos brazaletes que tiene y me muestra lo que ocultan: sus cicatrices. Yo me quedo viéndolas sin saber qué decir. Son sus cicatrices, producto de los cortes con dios-sabe-qué-cosas. Veo su rostro y un par de lágrimas caen. Tomo su mano y muy suavemente acaricio sus cicatrices.

―Está bien, Amanda ―le digo―. Está bien. Estás aquí y ahora mismo respiras, eso es lo que importa.

Amanda se limpia las lágrimas con la palma de su mano. Sonríe tímidamente y me dirige una mirada dulce, llena de compasión.

―Gracias ―es lo único que me dice.

―No te preocupes ―le respondo.

― ¿No vas a pedir nada para comer? ―Me pregunta, mientras voltea a mirar el reloj―. A esta hora siempre pides algo para comer.

―Creo que sí, pero tampoco quisiera que tu jefa se despierte, no creo que nos deje conversar ―digo sonriendo.

―No hay problema ―dice Amanda―. Te puedo preparar un sándwich de jamón y queso fundido en la waflera. ―Comenta.

―Suena delicioso ―digo―. ¿Segura?

―Segurísima. Ahora vuelvo ―Amanda me sonríe una vez más y poniéndose sus pulseras de vuelta en su muñeca, se va a la cocina. Mi estómago ruge una vez más.

Mientras Amanda está en la cocina, me termino el café a pesar de estar frío. Y pienso en Amanda, en sus cicatrices, los brazaletes que usa para ocultarlos y las razones que tuvo para hacerse todo eso. Pienso en que está sola e indefensa, pero a su vez entiendo que no está del todo perdida, pienso que ella solita puede con ese mundo tan cruel que odia. Y mientras miro hacia la puerta de la cocina, esperando a que se abra y que Amanda salga con un sándwich hecho en un plato, pienso que me gusta mucho más.

Ella sale de la cocina al cabo de unos minutos. Trae dos platos con un sándwich de jamón y queso en cada uno. Me entrega el plato, sirve más café en una taza limpia y nos sentamos en la barra a comer. Las otras dos personas que están en la mesa del fondo siguen conversando. El sándwich es delicioso y se lo hago saber a Amanda, ella se sonroja un poco pero puedo ver que está agradecida.

―Dijiste que pintabas, ¿cierto? ―Pregunto. Amanda asiente con la cabeza, mientras le da un  mordisco a su sándwich―. Bueno, ¿qué pintas? O sea, qué tipo de cuadros. ―Quise saber de pronto. No tenía idea de por qué preguntaba, pero probablemente era porque en el fondo, Amanda me comenzaba a interesar. Iba más allá de la atracción física, ahora que ella me había contado lo más difícil, creo que ahora me comenzaba a atraer como persona. Amanda me mira y piensa su respuesta:

―Los último cuadros que pinté son de mi soledad y el miedo que tengo de hacer las cosas mal ―vuelve a tener la voz temerosa del comienzo. Pongo mi mano sobre la suya nuevamente.

―Te entiendo. Y no creo que debas tener vergüenza de tu arte, por más triste que sea. ―Le digo.

― ¿Vergüenza? ―Amanda se comienza a sonrojar―. ¿Cómo sabías que era eso?

Yo sonrío.

―No lo sé. Quizás por la forma en que lo dices. Lo detecto en tu voz ―le digo―. No tengas vergüenza, Amanda. No hay nada de malo en hacer arte en base a tus miedos.

Puedo ver en el rostro de Amanda que se siente más relajada.

― ¿Eso crees? ―Me pregunta.

―Claro que sí ―le digo―. Creo yo que esa es una de las formas de expresión más honestas que existen.

Amanda me vuelve a mirar a los ojos directamente.

―Tienes razón ―sonríe―. Al fin y al cabo, lo que me ha mantenido de pie han sido esos cientos de lienzos que he pintado en esas largas noches. ―Amanda se comienza a soltar nuevamente. Yo la observo en silencio, sonriendo, siempre sonriendo porque sé que realiza un esfuerzo enorme para contar todo esto. Mientras la miro comprendo que lo que para algunas personas es una simple lluvia, para otras puede representar la tormenta más grande. Por eso la miro y sonrío, alentándola a seguir hablando, a seguir enfrentando sus miedos―. De alguna manera u otra aprendí que podía salir de todo ese dolor y depresión. Tan solo había que intentarlo. Entonces volví a pintar, dejando el dolor y la tristeza en cada trazo del pincel, en cada mezcla de las acuarelas, en ese lienzo blanco―. Amanda termina de comer su sándwich y toma un largo sorbo de café.

Yo la miro y me siento bien por el simple hecho de estar ahí para escucharla.

― ¿Mejor? ―Le pregunto.

Ella me mira y ríe muy dulcemente.

―Muchísimo mejor que hace varios meses ―me dice.

Yo asiento con la cabeza y me concentro en terminar el sándwich antes que se enfríe.

Muchas veces la noche pasa lenta, con nada que hacer y muchos cigarros por fumar. Casi siempre fue así, conmigo recostado en la pared, fumando, mirando al vacío, a las personas entrar y salir. Ver a Amanda, su jefa y la chica que las ayuda de vez en cuando. Esta noche, sin embargo, ha pasado muy rápida. Las tazas de café se han llenado varias veces, el sándwich de jamón y queso fundido que preparó Amanda ha estado delicioso. Francamente me hubiera gustado que esta noche pasara con similar lentitud que las demás noches anteriores. Pero el tiempo es una perra, pasa lento cuando no lo necesitamos; y de manera apresurada, cuando queremos vivir algo detenidamente.

La jefa de Amanda se despierta por fin y sale de la cocina con el rostro recién lavado. Me sonríe y se prepara un café. No es una mala persona. Intercambia unas cuantas palabras con Amanda y luego se acerca, me saluda y sirve un poco de té en una taza limpia.

―Demasiado café hace daño ―me dice, mientras me sonríe. Yo le devuelvo la sonrisa.

―Gracias ―le digo.

Ella vuelve a entrar a la cocina y, desde donde estoy, escucho las ollas y sartenes golpearse suavemente. Ella está empezando a cocinar.

―Son las cuatro y media ―me dice Amanda, mientras me acerca el azucarero.

―Gracias ―le digo, cogiéndolo―. Siempre entra a preparar el desayuno a esta hora, ¿cierto? ―Pregunto.

―Sí, a esta hora comienzan a llegar los obreros que trabajan en una construcción a unas cuadras de aquí. ―Me dice.

Ahora sonríe con más confianza y de alguna forma observo su rostro un poco más iluminado. Volteo la mirada hacia la calle y veo que pronto amanecerá, el cielo está de un color morado claro. Sí, la noche ha pasado rápido.

―Y también viene la chica del turno de la mañana ―digo, dándole un sorbo al té, es de canela y clavo. Delicioso.

―Sí, se llama Samantha ―Amanda hace una pausa y me mira. Intenta ver mi reacción. Yo sonrío y la miro.

―Es un lindo  nombre ―digo―, pero me gusta más el tuyo ―sonrío. Puedo ver las mejillas de Amanda volverse rojas.

―Decir eso no evitará que te cobre ―me dice finalmente, sosteniendo una pequeña risa.

Yo me rio y sigo tomando mi té.

―De hecho, tenía pensado en salir corriendo ―le sigo el juego.

―Habría ido a esperarte en el supermercado para que pagues lo que debes ―me dice ella. Ambos sonreímos.

En ese momento entra un pequeño grupo de personas. Son cinco hombres y todos llevan cascos bajo sus brazos y trajes de construcción. Son los obreros que siempre vienen a esta hora de la noche… bueno, del día. Ya son las cinco de la mañana. El nuevo día ya ha comenzado. Los hombres se sientan en una mesa y conversan y ríen entre ellos. Amanda no se acerca a ellos porque ya sabe lo que pedirán.

Luego de unos cinco minutos, sale la jefa de Amanda con una fuente grande sobre la cual hay cinco platos con huevos revueltos con jamón picado. Amanda lleva dos jarras cafeteras a la mesa y deja también cinco tazas pequeñas. En cuestión de segundos los hombres comienzan a devorar sus desayunos. La jefa me pregunta si pediré algo para comer, le digo que no, que con el té que me sirvió ya es suficiente. Vuelvo la mirada hacia mi té y sonrío, porque es la primera vez en toda la noche que siento que mis párpados pesan. Ya debo estar cansado. Normalmente a esta hora siempre me voy.

Amanda saca a la vereda un pequeño cartel que dice “Desayuno listo!”, vuelve a entrar y al pasar por mi costado se detiene y me pregunta:

― ¿Tú tienes algún pintor favorito? ―Se muerde el labio mientras me mira, esperando por mi respuesta.

―No estoy seguro ―le digo. Volteo para verla mejor―. Pero asumo que mi pintura favorita es esa del cielo estrellado. No sé quién es el pintor, pero esa pintura me gusta mucho, tiene un fondo azul muy hermoso y las estrellas brillan como si estuviesen muy cerca.

Puedo ver cómo los ojos de Amanda brillan.

―Ese cuadro ―se aclara la garganta―. Ese cuadro que dices se llama “Starry Night” ―me dice, mientras sonríe.

― ¿Ah sí? Es un lindo nombre ―digo, pensando que es el nombre perfecto para esa pintura.

―Sí, ¿no sabes de quién es?

―No, la verdad es que no ―le digo, negando con la cabeza.

―Es de Van Gogh ―responde. Tiene una sonrisa cálida y me mira―. Es mi pintor favorito.

―Oh, vaya, nunca se me había ocurrido que sería de Van Gogh ―le digo. Ella asiente la cabeza―. Vaya, saber algo nuevo es una linda forma de empezar el día ―ahora yo sonrío.

―Sí, Vincent Van Gogh es mi pintor favorito. No, más que eso ―piensa un momento. Se lleva el cabello detrás de sus orejas―. La obra de Vincent Van Gogh, su misma vida son una razón para seguir aquí. Puede sonar irónico considerando que él se suicidó, pero lo es por la forma en que él logró sacar algo hermoso de todo ese dolor que sentía. Hace un momento cuando hablábamos, me dijiste algo sobre el hecho de hacer arte con el fin de buscar estar bien, pensé en él, y entonces yo te dije que sí, que cada pincelada era mi tristeza y depresión quedándose plasmados en el lienzo. La obra de Van Gogh me da fuerzas para seguir estando bien. ―Amanda me mira directo a los ojos mientras me cuenta esto. En sus ojos veo fuego, es ese fuego desesperado por querer vivir pero que no sabe cómo. Hoy más que nunca me siento tan cercano a ella y siento su dolor. La comprendo―. No muchas personas lo entienden ―continúa―, pero a veces levantarse de la cama puede ser lo más difícil del mundo.

―Y aún así, sales de ella ―le digo.

―Sí ―Amanda suelta una sonrisa tímida―. Pero es difícil, ¿sabes?

―Lo sé perfectamente ―le digo. Pongo mis manos sobre sus hombros y la miro fijamente―: Sigue así, sigue luchando exactamente como lo estás haciendo. El hecho de que sigas aquí, significa que algo bueno debes de estar haciendo.

Ambos sonreímos.

―Me gusta que… ―Ella vuelve a sonrojarse. Yo la miro y espero pacientemente―. Me gusta que tú también estés… perdido ―dice, suelta una pequeña risa―. Me refiero a que me escuchas, y no podrías hacerlo a menos que tú también te encuentres un poco perdido y creas que hablando podamos encontrarnos.

Yo la observo, pensando en lo que acaba de decir.

―Algún día encontraremos quiénes somos ―le digo―, pero por ahora hay que seguir sobreviviendo.

Ella me da una sonrisa. La veo tranquila, descansada, como si el haber pasado despierta toda la noche no representara ningún problema para ella. Se da media vuelta y entra a la cocina.

En ese momento entra un chico, veo el reloj y son las cinco y media de la mañana, es la hora en que ese chico llega. Se sienta en una mesa de la esquina, saca su libreta y comienza a escribir. Amanda se acerca a él y toma su pedido. Lo miro y envidio su forma fácil de perderse en el papel en blanco. El lapicero vuela sobre la hoja dejando palabra tras palabra. Quizás él también se encuentra perdido, pienso, y esa es su forma de tratar de encontrarse.

Por la puerta entra una chica que tiene el mismo uniforme que Amanda, me saluda, saluda a los obreros de la mesa. Es Samantha, la que cubre el puesto de Amanda durante el día. La jefa sale y la saluda con un abrazo. Amanda deja una jarra cafetera al chico que escribe. Samantha se para detrás de la barra y comienza a preparar más café.

Han entrado dos personas más y se sientan en una de las mesas. Amanda se acerca a mí y me pregunta si pediré algo más, le digo que no, que ya me tengo que ir. Por un momento la veo preocupada, y tras dudarlo un segundo me dice:

― ¿Puedes esperarme unos diez minutos?

―Por supuesto ―le digo.

Es algo inesperado que me hace sonreír. Veo cómo Amanda entra a la cocina. Samantha es ahora quien atiende a los comensales que van llegando. Los hombres que habían estado toda la noche en la mesa del fondo se van, y en su lugar se sientan dos señoras. Samantha las atiende, y al igual que Amanda, lo hace con mucha gracia.

Los diez minutos pasan y de la cocina sale Amanda con la cara lavada, su cabello recogido y un vestido de color azul. Colgando de su hombro va un pequeño bolso. Yo me levanto y dejo el pago de todo lo que consumí más una propina para Samantha.

― ¿Nos vamos? ―Me pregunta con una sonrisa en el rostro.

―Sí, nos vamos ―respondo también sonriendo.

Ambos salimos del café. Son las seis de la mañana y los primeros rayos de sol golpean en nuestras caras.

―Siempre me ha gustado el sol ―me dice―, es como si me diera fuerzas. Me hace sentir más alegre.

―Eso es bueno ―digo. La miro y veo que su sonrisa aún no se ha ido de su rostro. El sol se refleja en sus ojos marrones y se ve más radiante que nunca. Mientras caminamos, tomo su mano y le digo―: De veras me alegra mucho que estés tranquila. Si bien es cierto no sé mucho de ti, pero con lo poco que has logrado contarme, quiero que sepas que estaré a tu lado. ―Ella me mira, sonríe y poniéndose de puntillas me besa en la mejilla y me abraza. Yo le devuelvo el abrazo.

―Si haces eso ―dice, sin apartar su rostro de mi hombro―. Si haces eso será suficiente ―. Nos miramos y sonreímos.

En sus ojos miro vida, intentos desesperados por querer vivir. Yo la entiendo, porque  yo también intento vivir.

―Amanda, eso está bien ―le digo―. Empecemos con eso.

Ella sonríe y seguimos caminando. La ciudad ya está despierta. Los carros pasan y las personas caminan por nuestro lado.

― ¿Te parece si tomamos un jugo? ―Me pregunta, de pronto―. Hay una juguería nueva que Samantha me comentó. Quiero ir allá desde hace días.

―Suena interesante ―le digo―. Vamos.

―Genial. Vamos entonces.

Cruzamos la pista y dejo que ella me guíe. Me pregunto qué nos irá a pasar… Si nos llegaremos a encontrar, si algún día nos llegaremos a enamorar. ¿Por qué no? Son las preguntas que nos hacemos cuando sientes que has encontrado a alguien que tiene el coraje para trepar tus muros y escucharte. Me pregunto si ella seguirá en la cafetería y si yo seguiré de “acomodador”. Si algún día dejaremos de sobrevivir para comenzar a vivir. Me pregunto si ella seguirá haciendo su arte y yo seguiré leyendo. La respuesta a todas esas preguntas me viene a la cabeza y es un rotundo “¡No lo sé!”. Y supongo que con eso me basta por ahora. No lo sé. Realmente no lo sé. La vida es una constante incertidumbre, y no saber qué pasará es algo realmente desesperante. Pero por ahora, todo lo que se nos ha dado es suficiente. Vuelvo a coger la mano de Amanda, nos miramos y seguimos caminando.

Creo que todo comienza a estar mejor para personas perdidas como nosotros. Sí, yo tengo a Amanda, y Amanda me tiene a mí.

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