Tratar de entender qué es lo que hace falta para poder hacer lo que realmente quiero hacer es algo que me mantiene despierto estas últimas noches. Para empezar, debo entender y creerme de una vez por todas que sí, una editorial ha leído mi novela y está interesada en publicarla. Eso es una realidad y sucederá tarde o temprano. Lo otro es que debo seguir escribiendo, la publicación del libro es solo una consecuencia del gran esfuerzo por editar una y otra vez el manuscrito, buscar editoriales a pesar de los rechazos y tratar de entender cómo es que funciona este mundo editorial moderno. Ya lo conozco un poco y estoy seguro que luego de la publicación de la novela lo conoceré mucho más. Solo espero que todo salga bien.

Vuelvo entonces a la primera línea de esto: tratar de entender qué es lo que hace falta para escribir. Y creo que para responder eso, primero debo entender qué es lo que sobra para escribir. Me sobra el estrés del trabajo y me sobra las noches en las que paso jugando videojuegos, me sobra esas veces en las que me desperdicio estando molesto por cualquier cosa. Me sobra esas veces en las que me distraigo en internet. Hay tres palabras que repito con frecuencia: “Debería. Estar. Escribiendo”. Esa es la verdad, pero nunca lo hago porque (aquí viene la excusa) al tener una vida laboral, todo lo demás que sucede fuera de horario de oficina lo hago cansado, con pocas ganas y ni siquiera llego vivo al escritorio para escribir. Ni siquiera veo la página en blanco. Solo veo el escritorio, la laptop cerrada, mi cama al costado y elijo la cama, la almohada y el ventilador que hace que todo se sienta más fresco. Solo sueño que escribo, mas no lo hago realidad. Pero… pronto tendrás tu novela publicada, ¿ya no serás escritor? No. No me siento como tal, porque un escritor escribe. Yo no estoy escribiendo. Sí, admito que desde que recibí el correo de la editorial, mi vida ha dado un pequeño giro y ahora hay algo que me mantiene vivo, que me sostiene, por primera vez en mucho tiempo no me dejo aplastar por el trabajo y todo el estrés que produce, siento que estoy haciendo algo por mí y para quien sea que llegue a leer las palabras que he escrito.

Lo que me hace falta para escribir es entregarme en cuerpo y alma, como lo hice para escribir una novela. Sucedió de un modo casual: estaba cansado de las fiestas, el alcohol y las personas superficiales, estaba cansado de mí mismo. Cogí la laptop, salí del cuarto en el que vivía en ese entonces y entré al primer café que encontré. Me senté, encendí la laptop y pedí una Pilsen. Entonces escribí las primera líneas de lo que sería una historia algo larga que luego se convertiría en una pequeña novela. Así fue. Decidí sacarlo todo y entregarme por completo. Recuerdo que en los tres o cinco meses que me tomó escribir esas primeras ciento ochenta páginas, mi mente volaba de un lado para otro, leyendo extractos de los libros que sentía me inspiraban, escuchando los discos de música que consideraba apropiados para la historia. Me dejaba envolver por esta atmósfera de estar creando algo enteramente desde cero y permitiendo que mi corazón se exponga para escribir con fuego las palabras. Recuerdo que me despertaba en la madrugada y anotaba diálogos, líneas. Salía de reuniones para escribir y seguir escribiendo, porque de pronto la historia ya no era mía sino de los personajes que la vivían, necesitaba saber qué era lo que pasaba a continuación, y eso fue lo que pasó. Eventualmente Aarón, nombre del protagonista de mi primera novela, pasó a ser alguien real y a tener sus propios problemas. Mis dudas y preguntas habían pasado a ser suyas. Yo, por primera vez en mi vida, sentía que estaba en paz conmigo mismo. Lo había dejado todo en las páginas para que contara una historia de mis miedos, dudas y problemas.

Han pasado tres años desde que escribí la novela y uno desde que Diana Dabdoub, mi Gertrude Stein personal, la rescató porque encontró algo en el manuscrito que yo no había visto, a pesar de haberlo escrito. Debió de tener razón, pienso, después de todo ahora hay una editorial que me ha dicho que sí, salgamos con esta novela.

Ayer, Virgilio Martínez fue catalogado como el mejor chef del mundo. Eso es increíble y me pone muy contento saber que a pesar de todas las mierdas que suceden hay gente que sigue adelante y pone el nombre del país en todo lo alto. Pero creo que al final no se trata de eso, eso es solo una consecuencia. Creo que ni siquiera lo tuvo pensado. Se trata de hacer lo que a uno le gusta y en el proceso de todo eso, atraer a otras personas a mostrarles que lo que haces es hermoso y te apasiona y, si tienes suerte, podrás cambiar un par de vidas con todo eso, cambiar mentes. Empujar a las personas a hacer lo que realmente les gusta. Yo creo que eso es lo que sucede. Entonces, vuelvo a mí y a las primera líneas de todo esto: se trata de entregarnos con el cuerpo y alma, como dice la canción, de ponerle alma, corazón y vida a nuestros proyectos, a nuestro arte, a lo que sea que hagamos. Ser felices haciéndolo. Y el solo hecho de esa acción, hará que las personas que nos rodean se inspiren. Al ver a Virgilio se me vinieron dos cosas a la mente, la primera: ¡Oye, debería ir sacando una reserva en Central para ir con mi madre! Y la segunda: ¡Qué lindo es ser inspirado por alguien que lo está logrando. Yo también quiero lograrlo!

Al final todo depende de uno mismo. Todo depende de mí. Yo soy quien toma las decisiones finales, yo soy el capitán de mi barco y decido a dónde iré a parar. Por lo pronto lo tengo decidido, debería estar escribiendo. Me pondré a escribir

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