Su nombre era Laura. Y como la mayoría de mujeres que conocí en mi vida, ella logró que la recordara lo suficiente como para escribir esto. Eran inicios del verano y el sol ya salía ni bien comenzaba la mañana. No tenía idea de que aquel verano se trataría de una mujer. Aunque, supongo que eso es lo que tienen en común todas las grandes historias, una mujer.

Yo había llegado a casa de mis padres, al noreste de la capital, para dedicarme a escribir. No era un escritor profesional, pero por esos días escribir era algo que me daba tranquilidad, y yo quería estar tranquilo. Al llegar, saludé a mis padres y subí a mi antigua habitación, la cual había dejado al terminar la secundaria para mudarme a la capital y llevar mis estudios de derecho. La habitación estaba tal y como la había dejado, todo estaba en su lugar: El radio antiguo del abuelo, la cama de plaza y media, los estantes que ahora albergaban polvo y no libros, los pequeños autos de juguete que coleccionaba, incluso los garabatos de la pared seguían sin haber sido lavados. Mamá me comenzó a contar sobre la vida de las miles de personas y vecinos que yo ya no recordaba. Solo asentía y sonreía, esperando a que terminara de hablar. Yo solo quería caminar por la ciudad que tampoco recordaba.

Aquella tarde caminé por la pequeña ciudad, recordando juegos y viendo cómo es que las cosas sin importancia se mantienen intactas con el paso de los años, pero lo que nos importa es lo primero en envejecer y desaparecer. Supongo que esa es una razón por la cual nos hacemos viejos, porque importamos. Visité viejos cafés con sus nuevas cartas, viejos hoteles con sus nuevos administradores, viejos restaurantes con sus nuevos chefs. Eran nuevos tiempos pero por suerte yo contaba con mis viejos amigos en aquel lugar.

Cruzaba un puente de madera cuando la vi. Llevaba un polo ligero, unos jeans viejos muy apretados y su cabello negro que caía sobre su espalda parecía flotar con el viento. Al principio no la reconocí, solo me dejé cautivar por su belleza, pero conforme me fui acercando a ella supe de quién se trataba. Laura, la pequeña compañera de colegio con quien conversaba de vez en cuando, había crecido y ahora era toda una hermosa mujer. Me presenté y ella sonrió al reconocerme. Nos pusimos a conversar después de muchos años y yo solo me perdía en todo lo que ella me contaba. Entendí que a veces es bueno regresar al lugar en el que jugaste de pequeño, siempre puede haber tesoros esperando por ti.

La tarde llegó a su fin y la noche nos recibió con un cielo despejado y cientos de estrellas que brillaban en toda esa sábana negra. No había luna, pero puedo jurar por los dioses, que Laura brillaba como si ella misma fuese la luna personificada. Caminamos por las calles de la ciudad y recorrimos lugares que había olvidado que existían. Cogimos un pequeño mototaxi y llegamos a la parte de la ciudad donde los bares brillaban y atraían a más personas. Laura me había traído a ese lugar para poder conversar más sobre nuestras vidas. Ella era una diseñadora de interiores y yo era solo un abogado que trabajaba en un bufete bastante grande. Pero a diferencia de ella, yo me encontraba saturado de todo el trabajo que venía haciendo.

Laura me jaló hacia un pequeño bar cuyas paredes y piso eran de madera, era un lugar bastante rústico, pero la iluminación le daba un estilo hogareño. Como si  ese lugar hubiera estado esperando por mí todos esos años.

―¿Te gusta el lugar? ―Me preguntó mientras nos sentábamos en una de esas sillas altas. La mesa de madera brillaba como si hubiera sido barnizada recientemente.

―Claro que sí ―le dije―. Este es un precioso lugar para conversar sobre nosotros. Está lindo.

―Me alegro que te guste ―dijo Laura―. Lo redecoré yo misma. ―Alzaba sus manos delante de mi rostro.

―¿En serio?

―En serio ―respondió ella con una gran sonrisa en el rostro.

―Bueno, en tal caso, creo que “lindo” es una palabra trillada. Creo que la palabra que mejor describiría tu trabajo en este lugar sería “fantástico”. ―Confesé, mientras volvía a mirar a las paredes.

―Ya, para ya. Sé que lo dices solo para que me sienta bien ―dijo Laura. Ahora tenía sus manos sobre las mías.

―No, lo digo en serio ―sonreía―. Soy una persona visual la mayor parte del tiempo, y realmente me está gustando el trabajo que hiciste aquí. ―Laura me observó durante unos segundos, como si buscara alguna señal de que estaba mintiendo. Luego sonrió y me agradeció.

Un mozo se acercó a nuestra mesa y reconoció a Laura, la saludó y tomó nuestra orden. Ella pidió por los dos, y a los pocos minutos nos trajeron dos copas grandes que tenían unas cuantas hojas adentro.

―Es un trago típico de la región ―dijo mirando mi rostro. Quizás esperando a ver mi reacción.

―Se ve… majestuoso ―dije―. Nunca en mi vida había visto ese trago, pero cuando lo probé era realmente delicioso.

La noche siguió entre trago y trago. Nuestras vidas después del colegio fueron narradas como mejores contadores de cuentos. Tanto Laura como yo, teníamos una historia que contar. Nos escuchamos atentamente, esperando el turno del otro, sonriendo y sorprendiéndonos por las hazañas realizadas en nuestros años de universidad. La música sonaba y nos envolvía en una atmósfera tenue y liviana, la noche era cálida y totalmente hermosa, el viento soplaba de vez en cuando y nada parecía existir a nuestro alrededor. Era como si el tiempo se hubiera detenido entre nosotros y los tragos que Laura había pedido.

―Todos estos años creí que te habías ido al extranjero ―dijo Laura.

―No, para nada. Fui a la capital, porque decidí quedarme en el país. De alguna manera u otra, creo que esperaba que esto pasara.

―¿Qué cosa? ―Preguntó Laura, ladeando delicadamente su cabeza.

―Pues, esto ―apunté a la mesa―, el hecho de volver para descansar, ordenar mis ideas, intentar escribir algo y reencontrarme con personas maravillosas ―dije.

―¿Soy una de esas personas maravillosas? ―Preguntó mientras tomaba un sorbo de su trago. Este era el quinto o sexto trago que tomábamos.

―Hasta el momento eres la persona más maravillosa con la que me he encontrado ―le dije sin apartar la mirada de la suya. Lo decía en serio, desde el primer momento en que había visto a Laura, creí que seguía siendo igual de hermosa que la última vez que habíamos conversado.

Laura estaba radiante bajo las luces amarillas que ella misma había puesto en el lugar.

―Dime, ¿tienes alguna novia tuya esperando en la capital? ―Preguntó de pronto.

―No, para nada. Solo estoy yo ―respondí.

―Eso es una sorpresa ―dijo, mirando su trago.

―¿Por qué? ―Quise saber.

―Porque, no lo sé, quizás porque todo este tiempo que llevamos conversando creí que tenías novia o alguna prometida.

―No, para nada ―dije.

―Ya veo ―ella sonreía mientras yo tomaba un sorbo más del trago.

―¿Y qué hay de ti? ―Pregunté de vuelta―. ¿Tienes novio o prometido?

―Dios, no ―respondió.

―¿Y eso por qué? ―Pregunté―. Eres una mujer hermosa y creo que es raro que no estés con nadie.

―Ahora mismo estoy contigo ―dijo, levantando una ceja.

―Lo sé ―dije―, pero me refiero a que estés con alguien en alguna relación. Tú sabes, esas cosas.

De pronto, sentí que nos encontrábamos conversando en medio de un campo minado, cualquiera de los dos tardaría mucho en pisar algo y explotar por los aires, y el buen efecto de la noche se echaría a perder. Pero estaba equivocado. La explosión vendría por parte de los dos.

―¿Hasta cuándo te quedarás en la ciudad? ―Preguntó Laura, obviando lo que acababa de decir.

―¿Qué? ―Pregunté algo sorprendido.

―Que hasta cuándo te vas a quedar aquí. ―Volvió a enfatizar.

―Oh, no lo sé ―respondí. Intenté pensar para encontrar alguna fecha próxima a mi partida, pero ya estaba un poco ebrio y no podía pensar muy bien.

―Pues… Ya que ambos consideramos que somos demasiado buenas personas como para estar solos, ¿por qué no estamos juntos durante todo el tiempo que te quedarás aquí? ―Preguntó.

Yo la miré detenidamente, pensando y dándole vueltas a lo que acababa de escuchar.

―¿Qué cosa? ―Fue lo único que pude decir―. ¿Estás sobria? No creo que estés lo suficientemente sobria como para que sepas de lo que estás hablando ahora mismo ―dije.

―Estoy sobria ―dijo, apartando su copa vacía―. Lo que te estoy proponiendo tiene mucho sentido, suena divertido y… ¿por qué no hacerlo?

Yo la observé por un momento y volví a mirar las paredes y el enigmático efecto que lograban las luces del bar.

―Soy muy malo para ser el novio de alguien ―dije sonriendo―. Además, no creo que te guste saber que tu posible novio terminará contigo antes de que marzo llegue. Si bien es cierto no sé cuándo me iré, pero sé que me tendré que ir en algún momento. Tú sabes, tengo un trabajo y varios proyectos esperándome en la capital.

―Entonces, ¿aceptas? ―Preguntó, volviendo a ignorar todo lo que acababa de decir.

―Sí que eres terca ―le dije sonriendo.

―Lo soy y lo acepto. ―Ella sonreía. Seguía observándome con esos ojos marrones claros que tenía.

―Lo que más adoro de una relación ―dije, haciendo énfasis con mis dedos como si fueran comillas―, son los abrazos en el sofá sin hacer nada, y el sexo, claro está.

―Vamos a hacerlo ahora mismo ―dijo de pronto, mirándome fijamente.

En aquel momento, en sus ojos pude ver un fuego que ardía, como si la locura se juntara con el placer en un solo cuerpo y estuviera dándolo todo para atraparme. Yo quería estar tranquilo y ordenar mi cabeza, por eso era que había regresado a mi ciudad natal, para relajarme. Pero alguien me ofrecía un poco de cariño en medio de todo ese proceso de calma y orden. Intenté pensar en la pregunta que me había hecho, pero Laura ya me había dado la respuesta: ¿Por qué no hacerlo? Ella tenía razón.

―¿Tu casa o la mía? ―Pregunté. Luego de recordar que ya no estaba en la capital, viviendo en mi departamento, cambié mi propuesta―: Vamos a tu casa.

―Perfecto ―dijo Laura.

Ella se bajó de la silla alta, se acercó a mí y me plantó un beso muy apasionado. Laura había sido mi amiga del colegio, y el hecho de tenerla besándome en ese momento se asemejaba a obtener un regalo fantástico y muy precioso. Yo la sostuve y devolví el beso. Al mirarnos, algo había cambiado. Ahora lo que había entre nosotros era una especie de amistad que se mezclaba con la pasión. Era una perfecta llama que ardía en nuestras miradas.

Estaba seguro que en su mirada ella me enviaba un mensaje. Quizás me decía “Hazme tuya”, mientras que su cuerpo pegado al mío, me decía “No me dejes ir”. Me pregunto cuál habrá sido el mensaje que ella captó de mi mirada y cuerpo en aquel momento… Probablemente hubiera sido “Sostenme tan fuerte como puedas”.

Allí estábamos los dos, caminando y corriendo de vez en cuando por las calles de la ciudad. Mientras el cielo, todo negro, dejaba para nosotros las tres únicas estrellas que se alineaban en todo lo alto. Yo la jalaba y traía hacia mí. Ambos lo disfrutábamos. La mirada de Laura era sensual, el de una mujer que sabe lo que quiere. Sus besos me lo confirmaban a cada rato, sus manos que recorrían mi cuerpo me decían que me querían. Poco a poco, llegamos a su casa, una enorme casa de color blanco.

Ella me tomó de la mano y me llevó hasta su cuarto. Nos quitamos la ropa y juntos, tendidos en su cama con el ventilador encendido por el enorme calor que hacía, hicimos el amor. Silenciosamente, porque sus padres estaban en casa esa noche, y muy despacio, porque intentábamos llegar a un acuerdo, tanto nuestras mentes como nuestros cuerpos. Aquella noche la quise y con nuestros orgasmos firmamos el pacto para estar juntos como sea-lo-que-sea durante todo el tiempo que estuviera en la ciudad.

A la mañana siguiente desperté y Laura estaba a mi costado. Yo estaba en bóxer y ella solo tenía un pequeño calzón. La besé para que despertará y ella sonrió. Me abrazó y se puso encima de mí, nos seguimos besando y de desayuno volvimos a hacer el amor.

A medida que las semanas pasaron, las palabras fluían en la hoja en blanco y los pensamientos se ordenaban. Entendí que lo mejor era quedarme en el pueblo todo lo que durara el verano. Era un buen momento para pensar en mí. Laura y yo seguimos saliendo. Frecuentábamos bares, restaurantes y, poco a poco, fui familiarizándome con la nueva ciudad que me había recibido. Me volví a reencontrar con mis viejos amigos y salíamos todos juntos de vez en cuando.

También entendí que me venía bien el estar lejos de la capital por un buen tiempo, había comenzado a pensar en mí y las cosas pintaban bien, el trabajo y los proyectos personales se fueron ordenando. Vi que las personas que vivían en provincia eran más felices que las personas que vivíamos en la capital. No había que correr, no había tráfico, solo habían amigos y, en mi caso, Laura. Sin embargo, sabía que tenía que ser responsable con mi trabajo y todas las demás cosas que había dejado allá. Tarde o temprano tenía que regresar.

Una mañana me sorprendí al darme cuenta de que me estaba enamorando de Laura. Fue un sentimiento cálido, el cual oculté con una sonrisa. Unas cuantas semanas después, Laura me confesó lo mismo. Nos habíamos enamorado.

Eso no cambió en nada nuestro acuerdo, nosotros seguimos saliendo como novios, caminábamos agarrados de la mano, nos besábamos, hacíamos el amor, cenábamos en casa de nuestros padres, salíamos a citas doble, con el resto de nuestros amigos. Éramos una pareja de enamorados más. Lo único que cambiaba el  hecho de saber que nos estábamos enamorando, era que el momento de la despedida dolería demasiado.

Y así fue. El día en el que tenía que regresar a la capital llegó, se hicieron las respectivas fiestas y almuerzos de despedida. Y cuando estaba a punto de entrar a la sala de embarque, Laura llegó. Tenía los ojos hinchados y la nariz roja, su cabello negro le cubría parte del rostro.

―Está bien llorar por quienes se van ―le dije―. Significa que los quieres lo suficiente como para sentir sus ausencias.

―Cállate ―dijo. Una pequeña sonrisa se esbozaba en su rostro.

―Voy a volver ―dije, acariciando su rostro.

―No es eso. Es solo que te voy a extrañar demasiado.

―Yo también te voy a extrañar ―confesé, mientras la abrazaba.

―Bueno, ha sido divertido estar contigo, hombre. ―Laura me envolvió con sus brazos y apoyó su rostro en mi pecho.

―Ha sido fantástico, mujer ―respondí.

Laura se secó las lágrimas, se pasó la manga del polo por la nariz y me plantó otro beso. De pronto, en su mirada volví a ver ese fuego que vi arder la primera noche que había estado con ella. De pronto, Laura volvía a ser esa mujer autosuficiente, como si el hecho de tener a alguien o no, era algo que le traía sin cuidado. Ella era una mujer valiente, totalmente fascinante y me había ayudado a ordenar las cosas en mi cabeza durante el verano que me quedé allí. Me había dado el cariño que no sabía que existía.

Nos dimos un último beso de despedida y me fui directo a la sala de embarque. Antes de subir al avión, recibí un mensaje de ella que decía: “Gracias por el verano y el cariño”. Yo sonreí porque eso era lo único que podía hacer. Subí al avión y me dirigí de regreso a la capital.

Laura me regaló una fantástica historia. Una en la cual yo era libre de hacer lo que quisiera. Después de todo, el amor es así, viene de cualquier forma, con quien menos te lo esperas. Y si tienes un poco de suerte, el amor también tendrá esa especie de efecto en el cual te ordena la mente, te despeja de lo malo y te hace sonreír. Laura, durante aquel verano, fue el precioso marco que decoró el rompecabezas que fue mi mente.

Los años pasaron, subí de puesto en el bufete de abogados y seguí escribiendo. Hasta que en un momento determinado, decidí no trabajar más para la firma. Me dediqué a escribir y abrí mi propia librería. Pero de Laura no supe más.

Años más tarde, regresé a mi ciudad natal para ver cómo estaban mis padres. Ellos estaban maravillosos. Cuando pregunté por Laura, me dijeron que se había casado con un turista que había llegado a vivir en la ciudad por un par años y que juntos se habían mudado a Grecia.

Imaginé a Laura nadando desnuda en esas aguas celestes de Grecia. La imaginé en alguna isla, quizás en Creta, corriendo como había corrido conmigo la noche en la que decidimos ser novios, detrás de ese esposo suyo para besarlo frenéticamente, diciendo que lo amaba. No voy a negar que ese día me sentí mal, de hecho, ni siquiera salí de casa. A los dos días regresé a la capital para ver mi librería y seguir escribiendo.

Los meses pasan y muy rara vez me imagino a Laura en algún lugar de Grecia. Más que nada la imagino corriendo en esas calles de la ciudad, con la sonrisa en el rostro y la esperanza en su mano. Siempre que miro el cielo negro envuelto con miles de estrellas, pienso en Laura. Solo espero que sea feliz y que de vez en cuando también piense en mí. Ahora escribo esto por ella, para que nunca muera. Siempre he pensado en Laura. Aún ahora pienso en Laura. Siempre pensaré en La-u-ra.

2 comentarios sobre “Cierra los Ojos y Mira las Estrellas

  1. …fue el precioso marco que decoró el rompecabezas que fue mi mente. La estima sigue y me alegra que sigas haciendo lo que tanto te gusta, escribir.

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